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CYBERBULLYING, FUNAS Y ANONIMATO

En la medida que el uso del término bullying se ha extendido, su significado se ha ido difuminando. Matonaje, acoso, amedrentamiento, hoy todo califica como bullying, aunque sus acepciones sean distintas- al menos en español. Aunque las diferencias puedan ser sutiles, no está de más constatarlas a la hora de reflexionar sobre el asunto.

(En este artículo usaremos el término en el sentido amplio, para que podamos entendernos).

El bullying es tema offline y también en las redes sociales y desde ahí ha pivoteado a los medios de comunicación tradicionales y viceversa. Una columna del economista Sebastián Edwards, publicada en los blogs de La Tercera en octubre del año pasado, hizo un buen resumen de la situación en twitter pero repitiendo, lamentablemente, la fórmula de meter cosas distintas en un mismo saco.

El argumento basal de los reclamos por lo que se ha dado en llamar cyberbullying es el anonimato del presunto agresor. Aunque es una práctica corriente en la web 2.0, el uso de avatares y nicknames es calificado de cobardía. Pero ¿qué es lo que fomenta el bullying, el anonimato o la revelación de la identidad?

La democratización de internet la convirtió en una plataforma para líderes de opinión, no sólo para los “nativos” de social media, sino también para los de mass media: figuras de medios de comunicación tradicionales que encuentran en las redes una nueva plataforma para marcar presencia. Sus perfiles contienen rostro y nombre, explicitan profesión, estudios, intereses y campos de trabajo. Cuando suscriben a alguna causa, actúan como generadores de contenidos o, los más conocidos, como influenciadores, que al mismo tiempo ponen el tema en medios tradicionales y fertilizan las redes sociales. Son claves para crear redes de apoyo entre quienes comparten un tema de interés y se definen en él: es el universo de los “istas”: animalistas, (neo)feministas, ciclistas, activistas en general, que utilizan esos tags para reconocerse, crear comunidad y empoderarse como tal.

Pero no hay que olvidar que al asumir un rol público nos exponemos. Lo que digamos (contenido) va a generar comentarios, y comentarios sobre esos comentarios (metacontenido): halagos y críticas, que sumarán seguidores y detractores. Algunos de esos detractores son francamente odiosos, sobre todo por lo persistentes, pero hay que tener cuidado de no perder las proporciones: no todo lo que nos contraría es bullying. Insultos, groserías y amenazas, están muy lejos de ser lo mismo que los comentarios sarcásticos o descalificadores que nos puedan hacer al fragor de una discusión. Lo primero es inaceptable, lo segundo es parte del juego.

Se dice que el comentarista anónimo goza de impunidad, pero ¿Cuál es el hecho punible? ¿y cuál es la pena que le correspondería? Las redes ofrecen una forma de justicia, o más bien ajusticiamiento. Publicar los datos personales de un contrincante se está usando cada vez más como “castigo”. La popular funa, que llama al linchamiento publicando datos como la patente de su auto o su domicilio, y poniendo así en riesgo su integridad física y la de su familia, tiene un equivalente “pituco”: el personaje influyente que pretende vengar una humillación dando a conocer nombres, profesiones, domicilios y, sobre todo, lugar de trabajo de quien lo ha ridiculizado. Una especie de “funa elegante”, que afecta directamente las relaciones sociales y laborales del contrincante.

Si hay una cosa común a todos los tipos de bullying es la asimetría. El más fuerte atacando al más débil. En el primer caso, la masa vociferante tiene el poder del número. El segundo es otro tipo de poder, asociado a una posición de privilegio, prestigio, acceso a los medios de comunicación o contactos sociales. Dar a conocer los datos personales de quien nos molesta es usado como arma tanto por unos como por otros ¿qué distingue a una turba vociferante de una persona que puede hacer que un padre de familia pierda el trabajo, por ejemplo?

Cuando en las redes estamos expuestos a esos peligros, mantener el anonimato ¿es una forma segura para agredir o es una forma de protección?

Porque resulta que las redes sociales pueden ser muy democráticas, pero no están en el aire, están insertas en una sociedad, donde la democracia no es tanta, las diferencias sociales existen y los que pueden hacer oír su voz con más fuerza, tienen el poder de perjudicar a otros, y no sólo virtualmente, sino en su vida familiar y laboral.

 

Vidia Gutiérez

Vidia Gutiérez

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