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Uber y la resistencia al cambio digital

Ventajas comparativas innegables. Un nuevo abanico de posibilidades para sus usuarios. Sin embargo, hay sectores que se resisten a Uber. ¿Qué ocurre cuando la tecnología se enfrenta a lo socialmente arraigado?

El día 12 de mayo pasado, Santiago se vio enfrentado a una circunstancia inédita: el gremio de los taxistas intentó paralizar la ciudad con una manifestación que se extendió por diversos sectores capitalinos. ¿La razón? Demostrar su molestia ante la irrupción de una plataforma tecnológica, Uber, que pone en graves aprietos a su sistema laboral actual. Uno de los objetivos era lograr adhesión ciudadana hacia su causa. Sin embargo, luego de aquel día, los usuarios de Uber se multiplicaron y la plataforma jamás gozó de tanta popularidad como entonces. ¿Qué fue lo que ocurrió?

Lo primero que se necesita para entender el trasfondo del asunto es aclarar conceptos. Contrario a lo que muchos sectores piensan (taxistas incluidos, por supuesto), Uber no es un sistema de taxis urbanos o una empresa de transportes. En palabras sencillas, Uber es una aplicación móvil cuyo objetivo es otorgar una plataforma para que dos privados acuerden un viaje en el automóvil de uno de ellos, fijando un costo y aceptándolo entre ambos. Países como Inglaterra o México han dictaminado que el sistema no es ilegal ya que no puede enmarcarse bajo la normativa del transporte público (Ver noticia). Si Uber no es, en el estricto sentido de la palabra, un transporte público, ¿por qué protestan los taxistas, entonces?

La causa de su molestia se explica en parte por el desconocimiento de los alcances de esta nueva tecnología. En palabras del Decano de la Escuela de Gobierno de la UAI, Ignacio Briones, “la regulación tradicional es contingente a una épica en la cual empresas como Uber eran ciencia ficción. Hoy son una realidad y una regulación inteligente debiera adaptarse al cambio en lugar de forzar fórmulas regulatorias anacrónicas” (Columna de opinión: Uber y la destrucción creativa). En segundo lugar, el sistema propone un nuevo enfoque hacia el problema del transporte público de una ciudad con su parque automotriz saturado como Santiago, con un rol activo de los privados, quienes comparten sus automóviles optimizando los recorridos, ayudando a la descongestión y por añadidura convirtiéndose en un lucrativo negocio para quienes participan en él.

Y la percepción de la ciudadanía es clara: un sondeo encargado por la empresa y desarrollado por la plataforma E-Voting arrojó como resultado que un 94% de los encuestados no desea que plataformas como Uber o Cabify sean prohibidas y sacadas de circulación (Ver noticia). La razón es fácilmente entendible: la aplicación ha generado un fuerte engagement con sus usuarios por la infinidad de ventajas comparativas que les ofrece.

Una de ellas recoge el concepto de “comunidad” tan propio de los nuevos entornos digitales como las redes sociales: el sistema de calificación de usuarios. Conductores de Uber y sus usuarios pueden calificarse entre sí con lo que se genera un sistema de confianza sobre la base de recomendaciones de terceros, un fenómeno que explica el éxito de los sistemas de crowdfunding y que sigue avanzando en temáticas como el software de código abierto. Sin ir más lejos, el rubro de transporte ya ha dado un paso más adelante con la llegada a Santiago de la plataforma Awto (http://www.awto.cl), donde lo que ya derechamente se propone es el carsharing, es decir, automóviles que todos podemos compartir y usar cuando los necesitemos en un régimen de leasing compartido con el pago de una pequeña cuota mensual.

¿Cuál es la opinión del gobierno al respecto? En un principio se mostró duro e inflexible, lo que tuvo que cambiar con el pasar de los días en gran parte por la presión social. En palabras de Tomás Sánchez Valenzuela, “La tecnología ha derribado las barreras de entrada a muchos mercados, disminuye los costos de transacción y las asimetrías de información. Han cambiado las reglas del juego de nuestra sociedad y la economía. Sin embargo el gobierno sigue pidiendo “fuera de juego” sin darse cuenta que es una batalla donde tarde o temprano tendrá que ceder” (Ver noticia). He ahí la cuestión: en el momento en que este gobierno entienda que la batalla contra estas nuevas plataformas es una guerra perdida desde el principio, tendrá una gran oportunidad de generar, tal como lo hicieron muchos países ya, un vuelco en sus políticas que traerá como consecuencia la mejora de todo un segmento.

Lo que pasó en las manifestaciones de los taxistas del 12 de mayo, día que significó el despegue definitivo de Uber en Chile, incluso con la expansión en ciudades como Valparaíso y Concepción, no fue en absoluto fortuito. Fue el triunfo lógico de una plataforma que pone a los usuarios y su satisfacción por delante de intereses económicos de un gremio. Un sistema que entendió el mundo en que vivimos y le dio valor a las conexiones emocionales, personales y de confianza. Y lo más importante: Uber es una iniciativa que le devuelve el poder a los usuarios, a las personas.

Ésa es precisamente la revolución que vivimos en la actualidad, una que no mira los rastros que deja en el camino. Una a la que adoptamos o mordemos el polvo. Como alguna vez dijo el célebre Jack Shephard en la serie “Lost”: Vivimos juntos, morimos solos.

Fernando Pavez

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